¿Que qué me pasa? ¡Vaya pregunta!
Me pasa que no sé si armarme de coraje y ser fiel a mi orgullo,
y exigirme en tu cama, en tu piel y en tu alma
ya que si no me dieras eso, más prudente sería
que no me dieses nada
o, en cambio, jugar tu juego y tenerte apenas
cuando vos me quieras
cuando vos me llames
cuando a vos se te antoje
cuando no tengas nada excepto a mí.
Me pasa, mi amigo, que te quiero
y puede que te quiera mucho, demasiado
y puede que, tal vez, esperar tus besos me agote
y buscarte me duela
y esperarte me aburra
pero irme me asuste
porque no quiero irme realmente
sino que quiero quedarme
pero quiero, mi amigo,
que quieras que me quede.
Me pasa que quiero poner el mundo a tus pies
y a mi corazón en tus manos
y a mi lengua en tu boca y tus labios.
Me pasa, mi amigo, que por poco te amo.
domingo, 29 de septiembre de 2013
lunes, 23 de septiembre de 2013
De mis capacidades.
Yo puedo, relativamente fácil, cuando quieras, sin presión ni apuros, poner el alba a tu nombre.
Puedo también, como quien no quiere la cosa y disimuladamente, dejar morir mis labios en los tuyos para siempre.
Puedo yo asimismo, y ojalá vos quieras que yo pueda, ser tu abrigo, tu voz, tu pulso, tu paisaje.
Yo puedo bajar mi guardia, mis escudos, mis defensas y toda mi seguridad emocional en pos de que me creas cuando te digo que yo puedo.
Yo puedo, mi amigo, si sólo me abrieses un poco la puerta y con miedo a que me malinterpretes... ¡qué va! Sin vergüenza alguna ¡yo puedo amarte!
Puedo también, como quien no quiere la cosa y disimuladamente, dejar morir mis labios en los tuyos para siempre.
Puedo yo asimismo, y ojalá vos quieras que yo pueda, ser tu abrigo, tu voz, tu pulso, tu paisaje.
Yo puedo bajar mi guardia, mis escudos, mis defensas y toda mi seguridad emocional en pos de que me creas cuando te digo que yo puedo.
Yo puedo, mi amigo, si sólo me abrieses un poco la puerta y con miedo a que me malinterpretes... ¡qué va! Sin vergüenza alguna ¡yo puedo amarte!
Promesa.
No te vayas hoy
no te vayas por ahora
no te vayas, si acaso, nunca.
No te vayas de mi vientre
y no me iré de tu pecho,
no te vayas de esta boca que te nombra.
No te vayas de mi tiempo
de mis espacios infinitos
ni de mi lengua libre que te busca.
No te vayas, compañero,
de mi ombligo ni de mis senos
ni de las sábanas que nos convocan.
No te vayas, amigo,
que aunque estés roto te quiero
y que tus manos, antes vacías, ahora tienen las mías
y tu tristeza con mi amor se cura.
No te vayas, compañero, que planeo dejarte como nuevo.
no te vayas por ahora
no te vayas, si acaso, nunca.
No te vayas de mi vientre
y no me iré de tu pecho,
no te vayas de esta boca que te nombra.
No te vayas de mi tiempo
de mis espacios infinitos
ni de mi lengua libre que te busca.
No te vayas, compañero,
de mi ombligo ni de mis senos
ni de las sábanas que nos convocan.
No te vayas, amigo,
que aunque estés roto te quiero
y que tus manos, antes vacías, ahora tienen las mías
y tu tristeza con mi amor se cura.
No te vayas, compañero, que planeo dejarte como nuevo.
jueves, 5 de septiembre de 2013
La madre
A la vuelta del hotel en el que se hospedaba Jorge, Constanza había instalado un puesto ambulante de flores. Hacía sólo dos meses se había dedicado exclusivamente a la venta de frutos rojos. Antes de eso, si la memoria no me falla, su negocio era la comercialización de colgantes de alpaca. Había incluso vendido pollitos, y siempre allí, en el mismo puesto ambulante. Lo cierto es que ahora era florista, y a Jorge le gustaba que fuese florista.
Jorge se sentía extraño en aquel Montevideo luego de su vida en Europa. No, no era europeo, en absoluto, pero lo cierto es que tampoco era uruguayo. De paso por Uruguay, y solamente por negocios, no tenía siquiera una casa a la que ir, viéndose obligado a morir en hoteles de dos o tres estrellas.
Este hotel en particular, sin embargo, se le antojaba pintoresco, parisino. Todo por Constanza, la ahora florista de ojos verdes.
Tan cautivado estaba Jorge por la florista que, siguiendo el consejo del recepcionista y dueño del hotel - a saber 'apurate antes de que se le dé por vender mates' - inventó una madre muerta. La madre de Jorge, Esmeralda, vivía a las afueras de París con su amante inglés, y ambos se dedicaban a la cría y venta de caballos, pero, a efectos de esta historia, Esmeralda estaría muerta y Jorge jamás pudo superar su partida. Tanto era así, que todos los días compraba flores a Constanza y las arrimaba, acongojado, a la inexistente tumba de su progenitora, allá por Cementerio Central.
A la tercera compra y conversación mediante, Jorge y Constanza quedaron en tomar un café al regreso del cementerio, con el debido respeto, claro está. Iniciaron pronto un fogoso romance, de esos que tienen los jóvenes y no cincuentones como Jorge - treinta años mayor que su cortejada, a todo ésto - pero Jorge jamás, ni un sólo día, dejó de comprar flores a Constanza. Nunca permitía que la florista le regalase un clavel, pagaba por cada flor, cada pétalo y cada espina. 'Que el amor es una cosa y los negocios son otra', decía.
Pasaba de a dos a tres horas en el Cementerio Central. Se sentía lleno de dicha por tener a una hermosa y joven florista de ojos verdes, uruguaya hasta la médula, como amante. No recordaba la última vez que tuvo a una exquisitez semejante en su cama: aquella trigueña, de pechos pequeños pero firmes, de pezones endurecidos y evidentes, de estrecho sexo juvenil se fue convirtiendo en su fortuna, en su único tesoro.
Pasaron los meses y contra todas las predicciones, Constanza continuó en el negocio de las flores ¡ahora hasta rosas azules vendía! Jorge había hecho todo tipo de malabares para extender su estadía en Montevideo, aquella, su ciudad. Estaba considerando incluso alquilar algún apartamentito, ¿en Buceo quizá?Sí, allí Constanza tendría otro cementerio y duplicaría su venta de flores con puestos clave frente a dos cementerios clave. Él la ayudaría y pagaría incluso el salario de algún empleado que pronto sería necesario. Lo tenía todo pensado, era algo que estudiaba a diario en sus visitas al Central.
Cierto día, Jorge volvió más temprano del cementerio, apenas si había estado media hora. Su mundo colapsó al ver a la florista a los besos con un veinteañero que subía a un coche deportivo, último modelo.
Constanza no hizo demasiado para arreglar la situación: se excusó, y mucho lo sentía pero estaba enamorada de Felipe, 'que siendo incluso mucho más joven que vos, Jorge, no es un hijito de mamá como vos, Jorge, que llorás todos los días a una madre muerta hace cinco años, que yo no, Jorge, que yo no quiero ser tu madre, yo quiero ser tu mujer ¡y qué mujer que soy, Jorge, date cuenta! Así ninguna te aguantará mucho, Jorge'.
El recepcionista, dueño de hotel y otrora consejero amoroso e informante, encontró a Jorge muerto en su habitación. Se había volado los sesos en el minúsculo baño, empapando en sangre espejos y azulejos.
Dejó una notita, como todo cobarde, que muere con palabras en la garganta. No podía, no concebía la vida sin Constanza, que, por fresca que fuere, era todo lo que tenía. 'Y que menos mal que mamá, santa ella, está muerta, salvándose de haber conocido así a tremenda arpía, que hizo de mí un suicida'.
Jorge se sentía extraño en aquel Montevideo luego de su vida en Europa. No, no era europeo, en absoluto, pero lo cierto es que tampoco era uruguayo. De paso por Uruguay, y solamente por negocios, no tenía siquiera una casa a la que ir, viéndose obligado a morir en hoteles de dos o tres estrellas.
Este hotel en particular, sin embargo, se le antojaba pintoresco, parisino. Todo por Constanza, la ahora florista de ojos verdes.
Tan cautivado estaba Jorge por la florista que, siguiendo el consejo del recepcionista y dueño del hotel - a saber 'apurate antes de que se le dé por vender mates' - inventó una madre muerta. La madre de Jorge, Esmeralda, vivía a las afueras de París con su amante inglés, y ambos se dedicaban a la cría y venta de caballos, pero, a efectos de esta historia, Esmeralda estaría muerta y Jorge jamás pudo superar su partida. Tanto era así, que todos los días compraba flores a Constanza y las arrimaba, acongojado, a la inexistente tumba de su progenitora, allá por Cementerio Central.
A la tercera compra y conversación mediante, Jorge y Constanza quedaron en tomar un café al regreso del cementerio, con el debido respeto, claro está. Iniciaron pronto un fogoso romance, de esos que tienen los jóvenes y no cincuentones como Jorge - treinta años mayor que su cortejada, a todo ésto - pero Jorge jamás, ni un sólo día, dejó de comprar flores a Constanza. Nunca permitía que la florista le regalase un clavel, pagaba por cada flor, cada pétalo y cada espina. 'Que el amor es una cosa y los negocios son otra', decía.
Pasaba de a dos a tres horas en el Cementerio Central. Se sentía lleno de dicha por tener a una hermosa y joven florista de ojos verdes, uruguaya hasta la médula, como amante. No recordaba la última vez que tuvo a una exquisitez semejante en su cama: aquella trigueña, de pechos pequeños pero firmes, de pezones endurecidos y evidentes, de estrecho sexo juvenil se fue convirtiendo en su fortuna, en su único tesoro.
Pasaron los meses y contra todas las predicciones, Constanza continuó en el negocio de las flores ¡ahora hasta rosas azules vendía! Jorge había hecho todo tipo de malabares para extender su estadía en Montevideo, aquella, su ciudad. Estaba considerando incluso alquilar algún apartamentito, ¿en Buceo quizá?Sí, allí Constanza tendría otro cementerio y duplicaría su venta de flores con puestos clave frente a dos cementerios clave. Él la ayudaría y pagaría incluso el salario de algún empleado que pronto sería necesario. Lo tenía todo pensado, era algo que estudiaba a diario en sus visitas al Central.
Cierto día, Jorge volvió más temprano del cementerio, apenas si había estado media hora. Su mundo colapsó al ver a la florista a los besos con un veinteañero que subía a un coche deportivo, último modelo.
Constanza no hizo demasiado para arreglar la situación: se excusó, y mucho lo sentía pero estaba enamorada de Felipe, 'que siendo incluso mucho más joven que vos, Jorge, no es un hijito de mamá como vos, Jorge, que llorás todos los días a una madre muerta hace cinco años, que yo no, Jorge, que yo no quiero ser tu madre, yo quiero ser tu mujer ¡y qué mujer que soy, Jorge, date cuenta! Así ninguna te aguantará mucho, Jorge'.
El recepcionista, dueño de hotel y otrora consejero amoroso e informante, encontró a Jorge muerto en su habitación. Se había volado los sesos en el minúsculo baño, empapando en sangre espejos y azulejos.
Dejó una notita, como todo cobarde, que muere con palabras en la garganta. No podía, no concebía la vida sin Constanza, que, por fresca que fuere, era todo lo que tenía. 'Y que menos mal que mamá, santa ella, está muerta, salvándose de haber conocido así a tremenda arpía, que hizo de mí un suicida'.
viernes, 30 de agosto de 2013
Del que esperaba.
Detrás de la cerca viva, y un poco hacia la derecha, cruzando el bajísimo portón de metal, una vez recorrida la callecita de adoquines que moría en su acera, estaba él, por supuesto.
Eran los primeros días de un verano, no importa cuál, y las finas texturas cubrían lo imprescindible. El viento movía mi vestido de bambula a su antojo, descubriendo mis muslos o colocando entre ellos la falda del mismo.
Imaginaba, sin extrañar, Montevideo. Intentaba adivinarlo como si nunca hubiese vivido allí, como si sólo hubiese visto alguna vez una foto y el resto bien podía ser un antojo mío. A mis pies estaba Londres, imponente, arrolladora, avasallante y de a momentos, tranquila.
A mi regreso de París, mi gran miedo era precisamente haber olvidado el camino a su casa, pero todo seguía intacto: mi memoria, las calles, el parque, la cerca viva, el portón de metal, la callecita de adoquines, su acera y su guarida - con otro portón de metal, pero alto e intimidante.
Otra vez, Montevideo. Pensaba dónde sería aquello que me rodeaba si estuviese en Montevideo. ¿Carrasco? ¿Prado? Podía ser el Prado inmediato a Millán o a Suárez, con clara intención de convertir al Botánico en ese parque londinense que acababa de cruzar.
Sí, Millán podía ser High Street Kensington, tan a la izquierda ahora de mí. Podía ser, pero evidentemente no lo era, como yo no era aquella que vivió en Montevideo.
Hacía ya tiempo que lo visitaba a diario, mis tardes en Londres eran ya suyas y, exceptuando aquel escape a París, volverían a serlo. Confieso que una vez caminando por la rue Dante, en un ataque de pesimismo onettiano, temí jamás volverlo a ver. Temí incluso que él no fuese real, o, pero aún, que lo fuese y me rechazase. Temí también que lo dejase de amar en el momento mismo en que por fin lo besase, momento tan lejano para mis ansias que fácilmente pude haber muerto de deseo.
Llegué nerviosa a su puerta. El viento seguía despeinándome e intentaba desnudarme sin tregua alguna. Vacilé mucho, más que las otras veces. Porque no era Montevideo ni París, pero en ese instante, bien podía Londres cambiarse de nombre. Ésta no era la historia de un lugar, sino la de un aquel veterano y una chiquilina encaprichada.
Inventé excusas, nombres, anécdotas, chistes. ¡Tenía que decirle algo, algo más rico que mi entorpecida verdad! Debía dejarle algo que no fuese simplemente mi cuerpo en su cama, o, quisiera yo, mis labios rozando sus labios arrugados, mi lengua en su boca, en su pecho con canas.
Como todas las tardes frente a su casa, no llamé a su puerta, como probablemente no llamaría al día siguiente, esperando triste que en realidad él me viese esta vez a mí, y él se enamorase, y él me siguiese, y él me descubriese, y él llamase a mi puerta, y él fuese a París para y con miedo de olvidarme, y que él, vencido por el amor y la lujuria, regresase.
Eran los primeros días de un verano, no importa cuál, y las finas texturas cubrían lo imprescindible. El viento movía mi vestido de bambula a su antojo, descubriendo mis muslos o colocando entre ellos la falda del mismo.
Imaginaba, sin extrañar, Montevideo. Intentaba adivinarlo como si nunca hubiese vivido allí, como si sólo hubiese visto alguna vez una foto y el resto bien podía ser un antojo mío. A mis pies estaba Londres, imponente, arrolladora, avasallante y de a momentos, tranquila.
A mi regreso de París, mi gran miedo era precisamente haber olvidado el camino a su casa, pero todo seguía intacto: mi memoria, las calles, el parque, la cerca viva, el portón de metal, la callecita de adoquines, su acera y su guarida - con otro portón de metal, pero alto e intimidante.
Otra vez, Montevideo. Pensaba dónde sería aquello que me rodeaba si estuviese en Montevideo. ¿Carrasco? ¿Prado? Podía ser el Prado inmediato a Millán o a Suárez, con clara intención de convertir al Botánico en ese parque londinense que acababa de cruzar.
Sí, Millán podía ser High Street Kensington, tan a la izquierda ahora de mí. Podía ser, pero evidentemente no lo era, como yo no era aquella que vivió en Montevideo.
Hacía ya tiempo que lo visitaba a diario, mis tardes en Londres eran ya suyas y, exceptuando aquel escape a París, volverían a serlo. Confieso que una vez caminando por la rue Dante, en un ataque de pesimismo onettiano, temí jamás volverlo a ver. Temí incluso que él no fuese real, o, pero aún, que lo fuese y me rechazase. Temí también que lo dejase de amar en el momento mismo en que por fin lo besase, momento tan lejano para mis ansias que fácilmente pude haber muerto de deseo.
Llegué nerviosa a su puerta. El viento seguía despeinándome e intentaba desnudarme sin tregua alguna. Vacilé mucho, más que las otras veces. Porque no era Montevideo ni París, pero en ese instante, bien podía Londres cambiarse de nombre. Ésta no era la historia de un lugar, sino la de un aquel veterano y una chiquilina encaprichada.
Inventé excusas, nombres, anécdotas, chistes. ¡Tenía que decirle algo, algo más rico que mi entorpecida verdad! Debía dejarle algo que no fuese simplemente mi cuerpo en su cama, o, quisiera yo, mis labios rozando sus labios arrugados, mi lengua en su boca, en su pecho con canas.
Como todas las tardes frente a su casa, no llamé a su puerta, como probablemente no llamaría al día siguiente, esperando triste que en realidad él me viese esta vez a mí, y él se enamorase, y él me siguiese, y él me descubriese, y él llamase a mi puerta, y él fuese a París para y con miedo de olvidarme, y que él, vencido por el amor y la lujuria, regresase.
viernes, 23 de agosto de 2013
Epístola al guitarrista
Éramos tan frágiles de alma que cualquier viento fuerte nos alborotaba las emociones.
Y ahí corría yo a convencerte de que todo era posible si queríamos, sin reparar jamás en que vos nunca quisiste. Sin dudas, la peor omisión mía fue no ver que yo tampoco quise realmente; pero yo, que tanto voy de víctima como de mártir, necesitaba convencerte de que todas esas ideas mías eran también tuyas. La maldad más pura, así lo entiendo hoy.
Te mentí tantas veces que tus mentiras no me afectaban, no las sentía ni veía ni tocaba. Ellas, las otras, eran invisibles a mis ojos, aunque estuviesen con nosotros en nuestra cama, y bien sé que fue siempre la cama tuya o la cama del mundo entero, pero nunca la cama nuestra.
Así y siendo sorpresa para ambos, pasaron días, pasaron meses, terminó el verano y empezó el otoño, que luego terminó también. Al invierno lo sobrevivimos como a todos los inviernos, sin respeto ni decencia ni decoro, comiendo del negro huerto eterno de los excesos, lejos el uno del otro pero en la misma habitación.
No hubo cosa tan injusta, sin embargo, como tus celos irracionales. Ellos, los otros, que sí existían y cómo, jamás conocieron el manto macabro que pueden llegar a ser tus sábanas. Vos, malagradecido desde el nacimiento, nunca respetaste la nobleza que había en mi inmundicia.
Resulta más que curioso, después de todo, después de tus ellas y después de mis ellos, que aún nos mirásemos a los ojos y entonces, como si nada, llorásemos de amor.
Y ahí corría yo a convencerte de que todo era posible si queríamos, sin reparar jamás en que vos nunca quisiste. Sin dudas, la peor omisión mía fue no ver que yo tampoco quise realmente; pero yo, que tanto voy de víctima como de mártir, necesitaba convencerte de que todas esas ideas mías eran también tuyas. La maldad más pura, así lo entiendo hoy.
Te mentí tantas veces que tus mentiras no me afectaban, no las sentía ni veía ni tocaba. Ellas, las otras, eran invisibles a mis ojos, aunque estuviesen con nosotros en nuestra cama, y bien sé que fue siempre la cama tuya o la cama del mundo entero, pero nunca la cama nuestra.
Así y siendo sorpresa para ambos, pasaron días, pasaron meses, terminó el verano y empezó el otoño, que luego terminó también. Al invierno lo sobrevivimos como a todos los inviernos, sin respeto ni decencia ni decoro, comiendo del negro huerto eterno de los excesos, lejos el uno del otro pero en la misma habitación.
No hubo cosa tan injusta, sin embargo, como tus celos irracionales. Ellos, los otros, que sí existían y cómo, jamás conocieron el manto macabro que pueden llegar a ser tus sábanas. Vos, malagradecido desde el nacimiento, nunca respetaste la nobleza que había en mi inmundicia.
Resulta más que curioso, después de todo, después de tus ellas y después de mis ellos, que aún nos mirásemos a los ojos y entonces, como si nada, llorásemos de amor.
Particularmente
Vos no sabés quién te ama cuando se te ama sin tramas ni escenarios
vos no sabés de quién hablas cuando hablas de nosotros
vos no entendés la esencialidad del amor y del alma
de sentir, y de sentirte muy particularmente,
de las miradas que quiebran voces
ni de los ojos que tiene el habla
de la necesidad imperiosa de tocar
y de tocarte muy particularmente,
de todo eso, vos no entendés nada.
Vos no sabés cómo espera quien te espera ni por qué,
no sabés vos qué hiciste para sentirte así: vacío, amargo y arrugado
no entendés vos por qué tiene que pasar el tiempo
ni por qué el tiempo pasa para vos muy particularmente.
Vos no sabés que no se puede porque te basta con querer
y a mí, que me irrita y consuela amarte, tenerte y desnudarte
me llega toda esa inconsciencia de vida tuya
hundido en el capricho insolente de no querer saber
perdonado por quién sabe qué demonio
por no querer entender muy particularmente.
vos no sabés de quién hablas cuando hablas de nosotros
vos no entendés la esencialidad del amor y del alma
de sentir, y de sentirte muy particularmente,
de las miradas que quiebran voces
ni de los ojos que tiene el habla
de la necesidad imperiosa de tocar
y de tocarte muy particularmente,
de todo eso, vos no entendés nada.
Vos no sabés cómo espera quien te espera ni por qué,
no sabés vos qué hiciste para sentirte así: vacío, amargo y arrugado
no entendés vos por qué tiene que pasar el tiempo
ni por qué el tiempo pasa para vos muy particularmente.
Vos no sabés que no se puede porque te basta con querer
y a mí, que me irrita y consuela amarte, tenerte y desnudarte
me llega toda esa inconsciencia de vida tuya
hundido en el capricho insolente de no querer saber
perdonado por quién sabe qué demonio
por no querer entender muy particularmente.
Conversación con un muerto.
Que no, que te lo digo yo, que uno no puede andar por la vida así: todo descalzo de alma, sin vacunarse y sin haber leído a Onetti.
Que sí, que te lo digo yo, que el Arte salva tantas vidas como la Medicina.
Que no, que no te compré el libro que querías; tenía la plata sí, pero no te lo compré. No sé ¿por qué no te lo comprás vos? Vos plata tenés. Bueno sí, te lo compré. Yo y mi maldita costumbre de darte lo que ya tenés sólo porque lo querés de nuevo, pero de mí. Y porque es de mí es nuevo, pero no será nuevo siempre. No seré yo nueva siempre.
Que no, que no te corté al teléfono. Que se cortó la llamada.
Que sí, que me lastima escucharte, porque no te quiero pero te quise - ¿viste cómo usamos los poetas esa frase? ¡una muletilla en común con todos los poetas del mundo!
Que no, que no te estoy cambiando de tema. Que sí, que ya no quiero hablar más. Que sí, que ya no quiero hablarte.
Que sí, que tanto daba si moría aquella noche, y tanto daba si me enterraban con vos ¿pero por qué no entendés que yo, tal vez, no quería morir? Que no, que tal vez no esté tan viva pero no estoy la mitad de muerta de lo que estás vos.
Que sí, que nos podemos juntar a tomar un café y discutir a Borges ¡claro que sí! Que no, que no nos podemos juntar a tomar whisky y escuchar a Muddy Waters ¡claro que no!
Que no, que no podés dormir más en mi cama. Que no, que no podés venir más a mi apartamento. Que sí, que iré a tu casa cuando la carne o el alma así lo ordenen. Que no, que no me quedaré. Que sí, que tal vez me quede.
Que no, que no tengo tus llaves. Ya sé que no están en tu casa, están en una casa que no es la mía y que no es la tuya. Otra casa, entendé lo que te digo, tus llaves están en otra casa ¿vos te das cuenta que estamos hablando de una tercera casa? Que sí, que entiendo que es una falta de respeto. Que no, que no lo conoces.
Que sí, que sé que estás triste. Que no, que no puedo hacer nada. Que sí, que yo tampoco estoy bien. Siempre hemos tenido problemas comprendiendo nuestras mutuas flaquezas. Que no, que no te dejé por eso. ¿Qué cómo, que me dejaste vos?
Que no, que no me llames más. Que no seré aquello de lo que tu propia consciencia, voluntariamente, huye. Que sí, que soy el opuesto de tu voluntad. Que no, que ya no te quiero. Que sí, que lo voy a pensar.
Que no, que te lo digo yo. Que sí, que viste cómo es.
Que sí, que te lo digo yo, que el Arte salva tantas vidas como la Medicina.
Que no, que no te compré el libro que querías; tenía la plata sí, pero no te lo compré. No sé ¿por qué no te lo comprás vos? Vos plata tenés. Bueno sí, te lo compré. Yo y mi maldita costumbre de darte lo que ya tenés sólo porque lo querés de nuevo, pero de mí. Y porque es de mí es nuevo, pero no será nuevo siempre. No seré yo nueva siempre.
Que no, que no te corté al teléfono. Que se cortó la llamada.
Que sí, que me lastima escucharte, porque no te quiero pero te quise - ¿viste cómo usamos los poetas esa frase? ¡una muletilla en común con todos los poetas del mundo!
Que no, que no te estoy cambiando de tema. Que sí, que ya no quiero hablar más. Que sí, que ya no quiero hablarte.
Que sí, que tanto daba si moría aquella noche, y tanto daba si me enterraban con vos ¿pero por qué no entendés que yo, tal vez, no quería morir? Que no, que tal vez no esté tan viva pero no estoy la mitad de muerta de lo que estás vos.
Que sí, que nos podemos juntar a tomar un café y discutir a Borges ¡claro que sí! Que no, que no nos podemos juntar a tomar whisky y escuchar a Muddy Waters ¡claro que no!
Que no, que no podés dormir más en mi cama. Que no, que no podés venir más a mi apartamento. Que sí, que iré a tu casa cuando la carne o el alma así lo ordenen. Que no, que no me quedaré. Que sí, que tal vez me quede.
Que no, que no tengo tus llaves. Ya sé que no están en tu casa, están en una casa que no es la mía y que no es la tuya. Otra casa, entendé lo que te digo, tus llaves están en otra casa ¿vos te das cuenta que estamos hablando de una tercera casa? Que sí, que entiendo que es una falta de respeto. Que no, que no lo conoces.
Que sí, que sé que estás triste. Que no, que no puedo hacer nada. Que sí, que yo tampoco estoy bien. Siempre hemos tenido problemas comprendiendo nuestras mutuas flaquezas. Que no, que no te dejé por eso. ¿Qué cómo, que me dejaste vos?
Que no, que no me llames más. Que no seré aquello de lo que tu propia consciencia, voluntariamente, huye. Que sí, que soy el opuesto de tu voluntad. Que no, que ya no te quiero. Que sí, que lo voy a pensar.
Que no, que te lo digo yo. Que sí, que viste cómo es.
martes, 20 de agosto de 2013
De bares *
Es este preciso instante - no el instante anterior ni el instante próximo- el que consume y quema el cien por ciento de mi existencia.
Ésto, bien observado, me explica y justifica infinitamente.
* * *
Es labor del enemigo, con la cobardía que lo caracteriza, apuñalarnos por la espalda.
Los amantes, generalmente altaneros y sinvergüenzas, nos apuñalan en el pecho.
* * *
No soy creyente: no hay para mí un cielo o un infierno; no hay un dios ni un diablo.
Si fuese creyente, sin embargo, estaría del lado del diablo. Desde un punto de vista estrictamente moral, castigar la maldad es mucho más coherente y conducente que premiar la bondad - acción asquerosamente peligrosa, si se le dedica unos minutos de intelecto.
De ésto se desprende la única conclusión obvia: todas las religiones son inmorales (al menos desde un punto de vista estrictamente moral)
* * *
Habíamos perdido absolutamente todo, incluso (y muy particularmente) la vergüenza.
No teníamos un honor que resguardar ni bienes que proteger.
Después de una breve pausa y un cruce de miradas cómplices, nos dimos cuenta de que quizá nunca habíamos tenido tanto.
* * *
No le tengo miedo a la muerte, pero no quiero morir.
Por eso me hice escritora.
* De la maldita costumbre de escribir en servilletas de bares. Algún día las encontrás.
Ésto, bien observado, me explica y justifica infinitamente.
* * *
Es labor del enemigo, con la cobardía que lo caracteriza, apuñalarnos por la espalda.
Los amantes, generalmente altaneros y sinvergüenzas, nos apuñalan en el pecho.
* * *
No soy creyente: no hay para mí un cielo o un infierno; no hay un dios ni un diablo.
Si fuese creyente, sin embargo, estaría del lado del diablo. Desde un punto de vista estrictamente moral, castigar la maldad es mucho más coherente y conducente que premiar la bondad - acción asquerosamente peligrosa, si se le dedica unos minutos de intelecto.
De ésto se desprende la única conclusión obvia: todas las religiones son inmorales (al menos desde un punto de vista estrictamente moral)
* * *
Habíamos perdido absolutamente todo, incluso (y muy particularmente) la vergüenza.
No teníamos un honor que resguardar ni bienes que proteger.
Después de una breve pausa y un cruce de miradas cómplices, nos dimos cuenta de que quizá nunca habíamos tenido tanto.
* * *
No le tengo miedo a la muerte, pero no quiero morir.
Por eso me hice escritora.
* De la maldita costumbre de escribir en servilletas de bares. Algún día las encontrás.
sábado, 3 de agosto de 2013
Del juego
Mucho he perdido en mi recorrido.
Pero es mucho más lo que he ganado.
Y no perdí mi amor al juego; ni mis habilidades como jugadora.
@PrisUY
Pero es mucho más lo que he ganado.
Y no perdí mi amor al juego; ni mis habilidades como jugadora.
@PrisUY
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