miércoles, 8 de agosto de 2012

Divagando.

Te puedo contar el final de todas las historias jamás narradas; porque sé cuál es el disparador de cada uno de los deseos humanos.
Yo y Montevideo. Otra noche, otro bar. Otra banda es la que toca hoy.
Yo puedo contarte de los duendes que asustan a los niños, y encontrar monstruos bajos sus camas y en sus roperos.
Puedo vestirme de negro y hacer tu duelo.
Ponerme corona, sentarme en un trono, gobernar la Tierra.
Montevideo y yo. Isla de Flores. Agosto.
Hay quienes mueren sin haber vivido, y yo, habiendo vivido tanto, no muero nunca sólo porque no quiero.
Caprichos de la Vida. Basura. Café frío y aguado.
¿Tanto te costaba amarme? ¿Tanto así?
¡Pucha! Está frío en Montevideo.
Yo, que pude ser tantas cosas, decidí ser una más en la ciudad.
El azar es tu condena ¿verdad? ¿Qué harás, sino ser feliz? ¿Cuántas opciones manejas?
¡Pobre del hombre aquel que se acobarda ante la Felicidad!
Los adoquines y los tambores. Grita Montevideo.
No hay candome, no hay febrero que te valga.
Yo puedo ser sirena de tu mundo antropomorfo. Nadar en tu cuerpo, desde uñas a poros.
Vos, taciturno, me amas y no me amas. Me deseas, pero no. Estás en mí y como yo.
Puedo y quiero. Me quedo.
Yo te amé una noche en Montevideo.

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